El mercado de criptomonedas en la región alcanzó los u$s162.100 millones en 2024 y se proyecta que llegará a los u$s442.600 millones para 2033, con una tasa de crecimiento anual del 10,93%, según datos de IMARC Group.

Detrás de estas cifras hay algo más profundo que la especulación financiera, hay una respuesta pragmática de millones de personas a la exclusión, la inflación y la desconfianza en las instituciones.

En Argentina, el peso acumuló una depreciación superior al 30% en apenas 12 meses, lo que impulsó la adopción masiva de stablecoins como USDT y DAI como refugio de valor.

En Brasil, las transacciones con protocolos DeFi ya representan más del 30% del volumen cripto total, de acuerdo con datos de Chainalysis.

DeFi: las finanzas sin permiso

Las DeFi son quizás el cambio más silencioso y, a la vez, más disruptivo que atraviesa la región. Basadas en contratos inteligentes que automatizan operaciones sin bancos ni intermediarios, permiten a cualquier usuario con conexión a internet ahorrar, pedir crédito o transferir dinero en minutos.

El valor total bloqueado en protocolos DeFi a nivel global alcanzó los u$s154.000 millones en 2025, según DefiLlama.

Para una región donde, según el Banco Mundial, una parte significativa de la población sigue sin acceso a una cuenta bancaria, esto no es un dato menor. La adopción de criptomonedas entre los consumidores digitalizados de América Latina ya oscila entre el 15% y el 18%, según Americas Market Intelligence.

Lo que estamos viendo en América Latina es una reconfiguración del contrato social con el dinero. DeFi y las criptomonedas no llegan a reemplazar al banco, llegan porque el banco nunca llegó.

La narrativa ha cambiado y los medios empiezan a entenderlo: ya no es la noticia del Bitcoin que sube o baja, sino la historia de la señora latinoamericana que protege sus ahorros en USDT o del emprendedor que accede a crédito sin poner un pie en una sucursal.

Un nuevo mapa económico que los medios deben aprender a leer

La transformación, más que ser solo tecnológica, es también de narrativa. Durante años, el ecosistema cripto fue tratado por la prensa como un fenómeno de alto riesgo, asociado a la volatilidad extrema o a escándalos como el colapso de FTX.

Hoy, el discurso empieza a desplazarse hacia las historias de uso concreto: remesas más baratas, acceso a rendimientos en economías con tasas de ahorro negativas, o protección frente a la devaluación.

Algo relevante a destacar es que si bien todo parece ser eufórico, la volatilidad de los mercados cripto sigue siendo un riesgo, especialmente para usuarios con escasos márgenes de error. La brecha digital y la falta de educación financiera en tecnología representan barreras de entrada considerables.

Los hacks a protocolos DeFi han generado pérdidas millonarias y la incertidumbre regulatoria genera fricciones en la adopción institucional. La promesa de la inclusión financiera descentralizada dependerá, en última instancia, de cuán accesibles y seguras sean estas herramientas para quienes más las necesitan.

La tokenización de activos, la integración de inteligencia artificial en los protocolos DeFi (lo que ya se denomina DeFAI), y la expansión de las stablecoins en monedas locales, se trabaja en versiones vinculadas al peso colombiano, el real brasileño y el peso mexicano, marcan las tendencias que definirán la próxima etapa de este escenario en América Latina.

La región hoy en día no es un mercado emergente en cripto, es un mercado de vanguardia. La necesidad aceleró la curva de aprendizaje. Los comunicadores, las marcas y los medios que quieran ser relevantes en la conversación económica de los próximos años tienen que hablar este idioma, porque sus audiencias ya lo hablan.

*Por Roger Darashah, co-fundador y socio de LatAm Intersect.

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