Todo empezó con un número que llamó la atención. Ignacio Castro revisó el teléfono de su hijo de 11 años y encontró un dato que lo dejó inquieto: recibía entre 150 y 200 notificaciones de WhatsApp por día.
"Era entre 150 y 200 notificaciones diarias. El número suena escandaloso, pero invito a cualquier adulto a revisar su teléfono. Muchos lo miramos cerca de 200 veces por día", cuenta Castro.
Ese descubrimiento marcó el inicio de una historia que hoy reúne a cientos de familias en Argentina y que busca cambiar la relación entre chicos y tecnología.
La iniciativa se conoce como Pacto Parental, un acuerdo entre padres para retrasar el acceso de los niños al celular y a las redes sociales.
El acuerdo entre padres que intenta frenar la adicción al celular en chicos
La inquietud surgió en 2025 en el colegio San Nicolás, en Luján de Cuyo, Mendoza. Castro detectó que en el curso de su hijo existían tensiones entre los chicos y algunas situaciones de exclusión dentro de los grupos de WhatsApp.
"En los grupos de WhatsApp armaban subgrupos y dejaban a algunos chicos de lado. Había dinámicas que no estaban funcionando bien y un caso de bullying. Cuando revisé el teléfono, apareció ese volumen enorme de notificaciones", explica Ignacio a iProUP.
Ese episodio lo llevó a buscar información sobre el impacto del uso temprano del celular. Un vecino le recomendó el libro La generación ansiosa, del psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt, que analiza cómo el uso intensivo de smartphones y redes sociales afecta la salud mental de niños y adolescentes.
Castro asegura que esa lectura cambió su mirada sobre la tecnología: "La ciencia muestra que el cerebro de un chico todavía no está preparado para esa cantidad de estímulos. Las aplicaciones están diseñadas para captar atención y generan una liberación constante de dopamina que puede producir adicción".
El primer cambio: sacar el celular
Tras varios meses de investigación, tomó una decisión que no fue fácil: quitarle el celular a su hijo.
"Le dije que no era un castigo. Era una forma de corregir un error mío. Yo no sabía que le estaba dando una herramienta para la que no estaba preparado", recuerda el joven padre.
La reacción inicial no fue positiva. El chico protestó y se enojó. Sin embargo, el cambio apareció con el paso de las semanas.
"Mi hijo lleva tres meses sin teléfono y la versión que tengo hoy no la cambio por nada. Bajó la ansiedad, bajó la agresividad. Lo veo más tranquilo, más creativo", puntualiza.
Según relata, el tiempo libre comenzó a ocuparlo con otras actividades: "Un día llegué a casa y lo encontré andando en bicicleta a cinco cuadras. Otro día me pidió un libro para un viaje. Empezó a tocar la batería. Son cosas que antes no pasaban", detalla.
Un problema que comparten muchas familias
La experiencia personal pronto encontró eco en otros padres del colegio. Castro planteó el tema en un grupo de WhatsApp del curso y convocó a una reunión para discutir el impacto del celular en los chicos.
Lo que parecía una inquietud aislada se transformó rápidamente en un movimiento colectivo. Primero se sumaron padres de sexto grado. Luego la escuela organizó un encuentro más amplio. En pocos días participaron más de 200 familias.
"Muchos padres nos escribieron diciendo que llevaban años peleando con este tema en casa y pensaban que estaban solos", explica Castro.
Cómo funciona el Pacto Parental
De esas reuniones surgió una propuesta concreta. El acuerdo plantea tres reglas centrales:
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No entregar celular propio antes de los 13 o 14 años
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No permitir acceso a redes sociales antes de los 16
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Coordinar con otras familias para evitar que un chico quede aislado por no tener teléfono
La iniciativa se organiza a través del sitio pactoparental.org y comunidades de padres.
Para Castro, el punto clave es que la decisión sea colectiva: "Si solo una familia lo hace, el chico queda afuera del grupo. Por eso el acuerdo tiene que ser comunitario. Tenemos que ordenar el entorno digital de nuestros hijos", agrega.
El debate global sobre celulares y chicos
El movimiento de padres en Mendoza no es un caso aislado. En distintos países crece la preocupación por el uso temprano de smartphones.
Algunos gobiernos ya avanzan con regulaciones. En Australia, por ejemplo, se impulsan restricciones para redes sociales en menores de 16 años.
El debate se alimenta de datos que preocupan a educadores y especialistas. Estudios citados por comunidades educativas indican que muchos chicos pasan entre 4 y 6 horas diarias frente a pantallas y que el primer celular llega cada vez más temprano.
Castro sostiene que el desafío es cultural.
"Durante años sacamos a los chicos de la calle por miedo al mundo exterior y los encerramos con un teléfono pensando que era seguro. Hoy empezamos a entender que ese mundo digital también tiene riesgos", afirma.
El movimiento que empezó con un pequeño grupo de padres hoy reúne a cientos de familias y sigue creciendo en distintas ciudades.
Para sus impulsores, la idea no es prohibir la tecnología, sino retrasar su uso hasta que los chicos tengan más herramientas para manejarla. Un intento por equilibrar infancia, tecnología y salud mental en una era dominada por pantallas.