La Argentina atraviesa una encrucijada clave en la definición de su matriz productiva. Cuenta con un sistema científico-tecnológico de referencia en América Latina, sostenido por instituciones como el CONICET y las universidades nacionales, que reúnen a más de 20.000 investigadores y desarrolladores.
Sin embargo, persiste una contradicción estructural: la dificultad para transformar ese capital intelectual en un ecosistema sólido de startups con capacidad de escalar globalmente.
Los datos son elocuentes. Hacia 2024, el CONICET registraba apenas 53 empresas de Base Tecnológica (EBT) vinculadas formalmente a su estructura, a pesar de contar con cerca de 800 patentes vigentes. Esta brecha refleja lo que en la teoría económica se conoce como una "transferencia tecnológica ciega": conocimiento que existe, pero que no logra traducirse en valor económico.
Cultura académica: el primer obstáculo
Uno de los principales frenos es cultural. En el ámbito universitario, la transición del investigador al emprendedor sigue siendo excepcional. El sistema académico continúa priorizando la publicación de papers por sobre la resolución de problemas concretos del mercado.
Dante Pusiol, CEO de la empresa tecnológica argentina Spinlock, ilustra esta realidad con su experiencia. En diálogo con iProUP, recuerda que, a principios de los años 2000, cuando su padre –un destacado físico del CONICET– decidió aplicar su conocimiento en el ámbito privado tras la crisis de 2001, aún apoyado institucionalmente, parte de la comunidad académica lo marginó. "Emprender en esa época desde la universidad era difícil, era condenado moralmente por muchos", rememora Pusiol.
Hoy, persisten barreras dogmáticas: muchos académicos ven a las empresas privadas como "vampiros" y, a su vez, la empresa a menudo busca en la universidad mano de obra o desarrollos casi gratuitos.
Falta que las universidades asuman genuinamente la promoción de empresas como parte central de su misión institucional, en lugar de tomar una postura pasiva a la espera del cobro de regalías. También falta inversión privada genuina y sustantiva en las universidades, una retroalimentación que impulsaría la capitalización del talento argentino.
Propiedad intelectual: un sistema que no tracciona
El segundo problema estructural radica en la gestión de la propiedad intelectual. Si bien hubo avances en el patentamiento –impulsados por universidades como la UBA o la UNL–, la etapa posterior sigue siendo débil.
Aunque se encuentra actualmente intentándolo, Argentina aún no adhiere al Tratado de Cooperación en Materia de Patentes (PCT), lo que dificulta la protección de invenciones en el exterior, especialmente en sectores como biotecnología o farmacéutica. A esto se suma la fragilidad de las Oficinas de Transferencia Tecnológica, que rara vez logran convertir patentes en licencias comerciales exitosas.
El atraso histórico es evidente: la Universidad Nacional de Córdoba, con más de 400 años de trayectoria, tiene actualmente concedidas y en vigencia 15 patentes a su nombre. Un dato que refleja la desconexión entre investigación e innovación aplicada.
El "valle de la muerte" y la falta de inversión
Transformar ciencia en negocio implica atravesar el llamado "valle de la muerte": una etapa crítica en la que las startups consumen capital antes de generar ingresos. En sectores de tecnología profunda (deep tech), este proceso puede extenderse entre 8 y 10 años.
En Argentina, la articulación entre universidades y capital privado es insuficiente. Muchas instituciones no logran estructurar proyectos "invertibles" ni presentarlos de manera profesional ante fondos de venture capital.
A esto se suma un marco regulatorio poco atractivo. Normativas como el reglamento de EBT del CONICET, que exige a los investigadores ceder el 50% de los beneficios económicos, desalientan tanto a emprendedores como a inversores. Además, restricciones legales impiden que las startups mantengan vínculos fluidos con los laboratorios donde se originaron.
El contexto macroeconómico –marcado por la volatilidad cambiaria y las trabas a la importación– termina de completar un escenario adverso para el desarrollo tecnológico.
Casos de éxito: excepciones que confirman la regla
A pesar de este contexto, Argentina sigue generando casos destacados, impulsados principalmente por iniciativas individuales. Empresas como Bioceres o Satellogic lograron posicionarse a nivel global, aunque debieron internacionalizarse rápidamente para sostener su crecimiento.
El caso de la empresa cordobesa Spinlock es el paradigma de cómo la ciencia básica puede tener impacto real si se logra superar la burocracia. Creada a partir del talento local, la compañía ha desarrollado tecnología para grandes empresas del mundo, incluyendo Shell, Syngenta, PepsiCo o Bayer, y hoy provee equipos para la industria alimenticia, textil y petroquímica.
Spinlock exporta tecnología argentina a 25 países, aunque hoy ya no es más la única empresa de Resonancia Magnética del hemisferio sur. Sin embargo, la brecha institucional es innegable: Pusiol relata que, aun con sus raíces en el claustro de la Universidad Nacional de Córdoba, no han logrado mayor éxito vinculándose con el sistema universitario para encarar diferentes proyectos donde la sinergia sería muy poderosa.
Qué falta para cambiar el rumbo
Para revertir esta situación y evitar la fuga de talento –que convierte al país en un exportador de capital humano–, es necesario avanzar en tres ejes clave:
- Reforma regulatoria y de propiedad intelectual: la adhesión al tratado PCT es fundamental para proteger desarrollos a escala global. También resulta necesario flexibilizar los regímenes vigentes, eliminando restricciones que desincentivan la inversión
- Nuevos mecanismos de vinculación: la creación de Centros de Prueba de Concepto dentro de las universidades permitiría validar tecnologías con financiamiento inicial de u$s50.000, facilitando su transición hacia etapas de inversión más avanzadas
- Una visión universitaria orientada al mercado: las universidades deben incorporar la formación emprendedora y asumir un rol activo como generadoras de innovación, trabajando en conjunto con el sector privado
El talento argentino es indiscutible. El desafío no es generarlo, sino canalizarlo. El futuro productivo del país dependerá de su capacidad para derribar las barreras institucionales que hoy mantienen ese potencial encerrado en los laboratorios.