Un director ejecutivo al que respeto me contó que su empresa acababa de firmar un contrato importante con un proveedor global de inteligencia artificial. Esperaba implementaciones más rápidas, mejores integraciones y ganancias reales de productividad. Todo funcionó. Entonces le hice una pregunta sencilla: ¿adónde van tus datos cuando termina el contrato?
No lo sabía. Esa pregunta debería ocupar hoy un lugar central en cualquier sala de juntas. Muchas empresas incorporan IA con entusiasmo, pero desconocen quién captura el valor que generan en el proceso.
El problema no es solamente técnico. Es estratégico. Cuando una compañía entrega información, relaciones con clientes, patrones operativos e inteligencia de mercado a plataformas que no controla, también cede parte de su capacidad de decidir.
El beneficio inmediato resulta evidente: optimiza procesos, acelera tareas y mejora resultados. Pero ese rendimiento tiene una contracara cuando los datos alimentan sistemas cuyos intereses no coinciden con los de la organización.
Por eso, antes de integrar cualquier solución, una empresa debería preguntarse qué información está dispuesta a compartir. Necesita definir qué inteligencia considera propia y qué parte puede externalizar sin perder autonomía.
El contexto global agrega otra dimensión. Existen regiones que buscan construir marcos basados en derechos, mientras otras priorizan la velocidad y la desregulación. En esa disputa, América Latina corre el riesgo de limitarse a recibir modelos y condiciones definidos por terceros.
América Latina reúne aproximadamente 667 millones de personas, según proyecciones de Naciones Unidas. Sin embargo, no ha sido invitada a diseñar los términos de esta negociación. Cuando otros definen las reglas, los datos locales pueden convertirse en materia prima para estrategias ajenas. En Argentina, miles de empresas ya firmaron contratos con plataformas de IA. ¿Cuántas saben exactamente qué datos entregaron y qué pasa con ellos cuando vence el acuerdo?
Para las empresas, esto no es un problema geopolítico distante. Cada contrato y plataforma forman parte de una negociación sobre quién gobierna la IA y captura su valor.
En 27 años de construir empresas de tecnología, y después de exponer esta perspectiva ante el Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral de la OEA y presentar en el MIT una herramienta que desarrollamos junto a AI League for Good para medir cuándo la IA es positiva o negativa para una organización, observé un patrón constante.
Las organizaciones que definen temprano qué inteligencia subcontratar conservan mayor capacidad de decisión cuando las herramientas cambian.
Liderar una compañía hoy exige combinar experiencia sectorial, conocimiento real de lo que la IA puede hacer y comprensión de las fuerzas que determinan su infraestructura. Las tres capacidades son necesarias para sostener decisiones propias.
No se trata de rechazar la inteligencia artificial ni de renunciar a sus beneficios. Se trata de incorporarla haciéndonos una pregunta que todavía falta en demasiadas conversaciones: ¿qué estamos entregando a cambio de optimizar nuestros resultados?
La respuesta debe surgir antes de firmar, integrar o escalar una solución. La negociación sobre nuestros datos ya ocurre. Cada contrato puede ampliar nuestra capacidad o reducirla. Cada plataforma puede aportar inteligencia o convertir información estratégica en materia prima para otro. Todo depende de gobernar la IA antes de que otros establezcan sus condiciones.