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Liderar proyectos de IA: una carrera más de resistencia que de velocidad

Ruben Ghio, director ejecutivo de Ingenia, aborda principios clave para implementar proyectos de IA en empresas y explica de qué factores depende su éxito
Innovación
09.10.2026 • 17:30hs • Innovación

Puntos importantes

La implementación de la Inteligencia Artificial es una carrera de fondo, no un sprint, que exige planificación y ritmo sostenido.

Proyectos de IA exitosos dependen de 3 principios: objetivos claros, planificación sólida y foco ante la fatiga.

Empresas como Ingenia adoptan metodologías para transformar organizaciones con IA, evitando fracasos por improvisación.

No es novedad que con la irrupción de la Inteligencia Artificial surgió una desesperante necesidad de subirse rápidamente y obtener resultados inmediatos, creyendo que tanto la adopción como el retorno son cuestiones tan rápidas y exponenciales. 

La realidad es que este fenómeno, que vino a cambiar todas las reglas del juego y tal vez el juego mismo, tiene una gran cercanía comparativa al de las disciplinas de resistencia, donde la planificación, el ritmo y la gestión de la fatiga marcan la diferencia entre completar el recorrido o quedar fuera de carrera.

El paralelismo no es antojadizo. Quienes compiten o conocen el ciclismo de gran fondo, por ejemplo, saben que superar los 130 kilómetros no depende de la explosividad de los primeros minutos, sino de la capacidad de sostener un ritmo, dosificar la energía y conocer el terreno antes de girar la primera rueda.

Improvisar en la ruta se paga caro: la fatiga aparece antes de tiempo y los calambres no tardan en llegar. En la gestión de proyectos de Inteligencia Artificial ocurre algo equivalente. Diseñar o escalar una solución no es un sprint de cien metros, sino una carrera de fondo, y la diferencia entre llegar a la meta o quedar en el camino se reduce a unos pocos principios, tan simples de enunciar como difíciles de sostener en el tiempo.

El primero de ellos es la claridad del objetivo antes de ponerse en marcha. En una carrera larga, la meta funciona como una brújula que mantiene el enfoque cuando el cuerpo pesa y el viento se pone de frente. Lo mismo sucede antes de escribir la primera línea de código o desplegar una arquitectura de IA: sin una definición precisa del problema de negocio que se busca resolver, la innovación se convierte en gasto de energía y de presupuesto sin retorno.

La euforia inicial por adoptar una nueva tecnología, sin ese objetivo definido, equivale a salir a rodar sin plan y confiar en que el cuerpo, o el equipo, va a responder solo.

El segundo principio tiene que ver con la planificación. Nadie completa un fondo exigente únicamente con ganas: detrás hay semanas de entrenamiento invisible, control de métricas, ajustes de nutrición y una logística que no se ve el día de la carrera.

Las transformaciones tecnológicas profundas funcionan bajo la misma lógica: no ocurren por una suerte de magia algorítmica, sino como resultado de una arquitectura sólida, un gobierno claro de los datos y una metodología que el equipo pueda ejecutar con precisión, paso a paso.

Quienes lideraron procesos de adopción de IA en organizaciones de distintos tamaños coinciden en algo: los proyectos que fracasan casi nunca lo hacen por falta de talento técnico, sino por la ausencia de un plan capaz de sostener ese talento en el tiempo.

El tercer principio, quizás el más subestimado, es la capacidad de sostener el foco cuando aparece la fatiga. En el kilómetro noventa de una carrera larga, cuando el cuerpo pide aflojar, lo único que empuja hacia adelante es la concentración en el objetivo.

En los proyectos tecnológicos complejos esa fatiga toma otra forma: cambios de alcance, obstáculos técnicos inesperados o la tentación de saltar hacia la última tendencia del mercado antes de haber terminado lo que se empezó.

Ahí es donde se pone a prueba el liderazgo real: mantener al equipo alineado, proteger la visión original y resistir el impulso de dispersarse, incluso cuando el ruido externo invita a lo contrario.

Ninguno de estos tres principios se activa, sin embargo, sin un motor de fondo: la motivación que genera un objetivo con sentido. No se trata de una idea abstracta, sino del catalizador que moviliza el resto de las capacidades humanas.

Cuando ese objetivo es genuino, la disciplina aparece donde antes no existía, el equipo rinde por encima de lo que parecía su límite, y el pensamiento encuentra salidas creativas frente a problemas que antes parecían sin solución.

En el deporte de resistencia esa alineación exige piernas, cabeza y respiración funcionando como una sola cosa. En una organización tecnológica, exige que la claridad del objetivo empuje al equipo a salir de la zona de confort y poner sobre la mesa lo mejor de sus capacidades.

Sin un desafío que lo justifique, el talento tiende a adormecerse; mientras que con un objetivo claro, ese mismo talento se multiplica.

Esta lógica empieza a filtrarse también en cómo se diseñan los procesos internos de las organizaciones tecnológicas.

Empresas como Ingenia, por ejemplo, incorporaron metodologías de planificación y gobierno de proyectos que replican ese mismo principio de fondo: metas claras antes de empezar, un plan de ejecución medible y mecanismos para sostener el foco del equipo a lo largo del proyecto, más allá del entusiasmo inicial por la tecnología de turno.

Los grandes logros, ya sea cruzar una línea de meta en la ruta o escalar una solución de Inteligencia Artificial que transforme una organización, rara vez son producto del azar. Son el resultado de una meta definida con precisión, un plan capaz de sostenerse cuando aparece la fatiga y una motivación genuina que empuja a atravesar cada etapa del recorrido.

La satisfacción, en ambos casos, no está solo en llegar, sino en poder mirar hacia atrás y confirmar que cada kilómetro de preparación tuvo sentido.

*Por Ruben Ghio, Co-founder & Executive Director de Ingenia

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