Si existiera un mundial de infraestructura digital, Estonia sería uno de los candidatos a levantar la copa. No por el tamaño de su economía ni por la dimensión de su mercado interno, sino por algo mucho más difícil de construir: la capacidad de anticiparse.
Mientras gran parte del mundo sigue discutiendo cómo regular la inteligencia artificial, el gobierno estonio acaba de avanzar en una propuesta para crear identidades digitales para agentes de IA.
La noticia puede parecer técnica, pero detrás de ella hay una enseñanza mucho más profunda sobre cómo se construyen ventajas competitivas en la economía digital.
La comparación puede parecer desproporcionada. De un lado está Argentina, un país que cuenta con recursos naturales estratégicos, talento emprendedor y un ecosistema tecnológico capaz de producir compañías con alcance global.
Del otro, una nación pequeña que encontró en la digitalización una política de Estado y convirtió a la infraestructura institucional en uno de sus principales activos competitivos.
Sin embargo, el contraste resulta útil porque expone dos formas distintas de pensar el desarrollo: una apoyada principalmente en ventajas comparativas y otra enfocada en desarrollar ventajas competitivas de largo plazo.
La mayoría de los debates sobre IA se concentran en los modelos, los riesgos o los límites regulatorios. Sin embargo, a medida que estos sistemas comienzan a ejecutar tareas, gestionar procesos y participar activamente de la economía, aparece un desafío mucho más concreto: cómo generar confianza en su actuación.
No alcanza con que un agente de IA sea capaz de hacer algo; también es necesario saber quién lo autorizó, bajo qué condiciones opera y quién y cómo responde por sus acciones.
Es ahí donde la iniciativa impulsada por Estonia resulta particularmente interesante. La propuesta busca otorgar a los agentes de IA una identidad digital propia que permita delimitar permisos, establecer restricciones operativas y generar trazabilidad sobre cada acción realizada.
En términos simples, se trata de construir una capa de confianza para que estos sistemas puedan operar dentro de parámetros previamente definidos y auditables.
La respuesta que plantea este modelo no consiste en prohibir ni en limitar el desarrollo de estas tecnologías. Tampoco en esperar a que aparezcan los problemas para intervenir después. Lo que propone es algo distinto: diseñar desde el inicio los rieles por sobre los cuales estos sistemas van a correr.
Cada agente tendría una identidad propia, permisos específicos y límites predefinidos. Cada acción quedaría registrada. Cada decisión podría ser auditada. Cada operación tendría trazabilidad.
Lo interesante es que esta iniciativa no surge de manera aislada. Estonia lleva más de dos décadas construyendo infraestructura digital a través de sistemas de identidad electrónica, firma digital e interoperabilidad de datos que hoy forman parte de la vida cotidiana de ciudadanos y empresas.
La identidad para agentes de IA no aparece como una innovación independiente, sino como una evolución natural de una arquitectura institucional que ya existe.
Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de la iniciativa. Mientras gran parte del mundo discute cómo regular la inteligencia artificial, la discusión allí está puesta en construir la infraestructura que permitirá que esa inteligencia artificial opere de manera segura y confiable.
No se trata únicamente de establecer límites, sino de crear las condiciones para que nuevos modelos de interacción económica puedan desarrollarse con previsibilidad.
Naturalmente, la iniciativa abre interrogantes jurídicos complejos vinculados a la responsabilidad, imputabilidad, la validez de determinadas actuaciones o su aplicación internacional.
Sin embargo, el verdadero valor de la propuesta no está en haber resuelto todos esos desafíos, sino en haber comprendido algo fundamental: la infraestructura institucional también innova.
Y quizás esa sea la principal enseñanza que deja el caso de Estonia para Argentina. No se trata solamente de regular la inteligencia artificial en abstracto, sino de construir la infraestructura de confianza sobre la que esa inteligencia artificial podrá operar.
La diferencia parece sutil, pero es profunda. Mientras gran parte de la conversación global sigue enfocada en qué hacer frente a estas tecnologías, algunos países ya están trabajando en cómo integrarlas a la economía real.
La verdadera oportunidad está en construir infraestructura institucional capaz de acompañar los cambios tecnológicos que ya están ocurriendo.
*Por Milagros Santamaría, cofundadora de Andén.