OpenAI cerró Sora, su herramienta para crear videos con inteligencia artificial, y la razón real no fue la que muchos imaginaron. No hubo una polémica de privacidad ni una decisión estratégica de largo plazo: el producto simplemente costaba demasiado y cada vez menos gente lo usaba.
Según un reporte del Wall Street Journal citado por TechCrunch, Sora consumía cerca de u$s1.000.000 por día solo en infraestructura. Al mismo tiempo, su base de usuarios había caído de casi 1 millón a menos de 500.000. Con esa ecuación, Sam Altman decidió apagarlo para redirigir esos recursos hacia otras áreas.
El cierre tomó a todos por sorpresa, incluso a socios clave. Disney había comprometido u$s1.000.000.000 en una alianza vinculada a Sora y se enteró de la noticia menos de una hora antes que el público.
No hubo llamadas de cortesía ni períodos de transición: el acuerdo se cayó junto con la herramienta, y el gigante del entretenimiento quedó afuera de la jugada sin margen para reaccionar. Es una de las señales más concretas de cuán abrupta fue la decisión internamente.
El problema de fondo es que generar video con IA es extraordinariamente caro. Cada clip requiere un procesamiento computacional muy intensivo, y los chips necesarios para eso son hoy escasos y valiosos.
A diferencia de otras herramientas de IA que procesan texto o responden preguntas, el video demanda órdenes de magnitud más de recursos por cada interacción. Mantener una plataforma con esos costos, y con usuarios en caída libre, dejó de tener cualquier sentido económico.
A eso se sumó la competencia directa. Mientras OpenAI destinaba ingenieros, infraestructura y tiempo de cómputo a sostener Sora, Anthropic avanzaba silenciosamente con Claude Code, una herramienta orientada a programadores y empresas que se integra con el trabajo diario y genera ingresos más estables y predecibles.
Ese tipo de producto no atrae tantos titulares, pero construye una base de usuarios más fiel y difícil de reemplazar. Esa presión aceleró la decisión de cortar.
El caso deja una enseñanza clara sobre la industria tecnológica: un producto puede ser impresionante y aun así no ser viable. En la economía real de la inteligencia artificial, lo que importa no es solo la tecnología sino cuánto cuesta sostenerla y cuánta gente la usa de verdad.