Estamos apenas en el primer mes del 2026 y ya los ciberataques comienzan a aparecer; esta vez atacando a una división de una gigante eléctrica de España, donde datos sensibles quedaron expuestos a raíz de un ataque informático.

Sin duda, esto nos obliga a reflexionar sobre un punto esencial: no es el hackeo en sí lo que debe preocuparnos como primer eje, porque mientras existan personas dispuestas a realizar estos ataques, el riesgo no va a desaparecer. Lo que sí debe preocuparnos es la incapacidad de demostrar que controlamos lo que debería estar bajo nuestro resguardo, allí está la clave.

En nuestras organizaciones, los incidentes de ciberseguridad no son eventos impredecibles aislados: son amenazas del entorno operativo en el que vivimos hoy. Lo que verdaderamente distingue a las empresas que sobreviven de las que quedan expuestas no es que ninguna haya sido atacada, sino que algunas tienen sistemas que permiten demostrar que conocen sus riesgos, los gestionan y cuentan con evidencia verificable de ese control.

En ese contexto, la norma internacional ISO 27001, que especifica los requisitos para establecer, implementar, mantener y mejorar un Sistema de Gestión de la Seguridad de la Información (SGSI), se posiciona como una referencia estratégica más que como una formalidad técnica.

Tener un SGSI certificado significa haber pasado por una evaluación rigurosa de cómo se identifican, tratan y monitorean los riesgos de información en toda la organización.

Según ISO Survey 2024, la norma ISO 27001 superó los 96.709 certificados activos en todo el mundo, con 179.877 sitios bajo esa gestión certificada.

Esto representa un crecimiento notable sostenido en los últimos años, reflejando que cada vez más organizaciones comprenden que contar con un SGSI no es solo proteger datos, sino demostrar que se puede auditar esa protección.

En la práctica, esto tiene un impacto directo en la percepción de clientes, reguladores y socios comerciales, que ven en una certificación un compromiso verificable con la integridad de la información.

Este crecimiento no es casual. En un mundo donde los datos valen tanto como los activos tangibles, el mercado global ha replicado una tendencia firme: las certificaciones ISO no son un "plus", sino una barrera de entrada para competir en ciertos sectores y geografías.

En Latinoamérica, por su parte, la norma ISO 27001 debe dejar de ser solamente una práctica recomendada para convertirse en una expectativa de mercado para quienes operan con información personal, financiera o estratégica de terceros.

Una empresa sin un sistema de gestión de la seguridad de la información formalizado se parece demasiado a una organización que confía en la buena voluntad de sus responsables para "no fallar": una esperanza frágil en un entorno donde los ciberataques son cada vez más sofisticados y frecuentes.

Este modelo conduce casi inevitablemente a escenarios en los que, cuando ocurre un incidente, la primera pregunta de cualquier auditor, regulador o cliente es: ¿puede demostrar lo que dijo que tenía bajo control?

No se trata solo de evitar sanciones o rescatar reputaciones dañadas: se trata de sostener la viabilidad del negocio en un mercado que premie la gestión basada en evidencia, documentación, responsabilidad y mejora continua.

Ahí radica la trascendencia de asociar un estándar como ISO 27001 con la estrategia corporativa: no solo gestionamos la seguridad, sino que demostramos que gestionamos la seguridad.

En definitiva, más allá de la alarma que generan los titulares sobre hackeos o brechas, lo que verdaderamente nos debe ocupar, como dueños y gerentes, es si nuestras empresas pueden demostrar con evidencia que controlan sus datos y procesos críticos.

Esa capacidad no surge de una herramienta aislada ni de protocolos internos sin respaldo independiente: surge de sistemas formalizados, auditables y certificados por terceros acreditados como G-Certi, que verifican la conformidad con normas internacionales.

Porque el riesgo real no es que alguien intente vulnerar nuestros sistemas: eso forma parte del escenario operativo actual. El verdadero riesgo es no poder responder con evidencia verificable cuando se nos pregunta qué hicimos para proteger la información que nos confiaron.

En este caso, la empresa afectada pudo activar protocolos y comunicar desde una estructura de ciberseguridad definida.

Sin embargo, esa capacidad de respuesta aún no es la norma en muchas organizaciones de América Latina, que enfrentan una presión creciente para demostrar control.

Hoy esa demostración, lejos de ser un requisito técnico, se convirtió en un activo estratégico indispensable para sostener la confianza, la reputación y la continuidad del negocio.

*Por Fernando Arrieta, Director Regional de G-CERTI Global Certification

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