En más de una oportunidad hay una distancia abismal entre cómo percibimos los servicios que recibimos y las motivaciones reales de aquellos que desarrollan esos servicios.

Muchos nos hablan de personalización, optimización y mejora, pero detrás se pueden esconder modelos de negocio que tienen poco que ver con nuestras prioridades y experiencia de usuario.

Esto se da más aún en una industria de datos personales que espera encontrar en nuestros hábitos de consumo la respuesta a todo.

Un caso de estos son los televisores inteligentes, que se presentan como un avance tecnológico al servicio del cliente, y que a través de estos dispositivos puede acceder no sólo a la oferta televisiva sino también a todas las posibilidades de internet.

Pero en más de una oportunidad esconden que pueden escuchar y registrar todo lo que ocurre a su alrededor.

"Los manuales de uso de los televisores inteligentes, por ejemplo, recomiendan a sus clientes no tener conversaciones privadas delante de estos dispositivos, porque estas pueden ser registradas con fines comerciales. No obstante, son pocas las personas que son conscientes que ese televisor que compraron es, a su vez, un robot de control que se ha metido en sus hogares (¡y habitaciones!) para espiarles y extraer datos sobre su familia y sus hábitos que serán utilizados con fines comerciales o para su reventa a empresas de agregación de datos (data brokers)", indica Gemma Galdón Clavell, doctora en políticas públicas, en un artículo en El País.

Galdón ejemplifica esta visión diciendo que es paradójico que, a través de un capítulo de la serie Black Mirror, desarrollada para lanzar un mensaje de alerta a la sociedad sobre los impactos perniciosos de la sociedad tecnológica, el que nos alerte de que la televisión el futuro/presente no sólo espía las conversaciones y movimientos de sus usuarios, sino también sus preferencias y acciones al ver un programa de televisión.

Esto no es nuevo. La mayoría de videoconsolas actuales, como los asistentes personales tipo Alexa, Echo, Cortana o Siri, son capaces de capturar todas nuestras decisiones y preferencias, cruzándolas con datos relativos a nuestra renta, geolocalización, entorno familiar y social e incluso datos médicos o laborales con el fin de conocernos mejor (y vendernos mejor).

Sin embargo, el planteo radica en la finalidad que tienen: "si esos algoritmos se limitaran a determinar opciones de ocio, quizás estos desarrollos no merecerían mayor atención. Pero los perfiles que alimentan nuestros datos impactan cada vez más en nuestras opciones de acceso a servicios fundamentales, desde un lugar de trabajo a una prestación o nuestra reputación online, que puede afectar a nuestras opciones vitales futuras", dice.

Al final, la sociedad de los datos está articulando infraestructuras de captura de datos y preferencias personales cuyo impacto va mucho más allá de lo razonable.

¿Es aceptable que una decisión tomada al ver una serie online en Netflix acabe impactando en nuestras oportunidades vitales o nuestra empleabilidad? Quizás este es el debate que aún no hemos afrontado.

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