Hay algo que no cierra. Y no es una percepción: es un número.

En diciembre de 2019, el dólar mayorista valía 60 pesos. Ajustado por la inflación acumulada hasta hoy, ese mismo dólar debería ubicarse en torno a los 2.500 pesos. Sin embargo, el tipo de cambio oficial ronda los 1.400. No es una diferencia menor. Es una señal.

Argentina volvió a ser cara en dólares. No por una mejora estructural de la productividad. No por un salto exportador. Tampoco por una revolución de inversiones. Es cara por diseño. Por política económica. Por decisión.

El tipo de cambio real multilateral —el termómetro más honesto de competitividad— está en niveles similares, o incluso inferiores, a los de 2015 y 2017. Dos momentos distintos, con modelos diferentes, pero con un final en común: el atraso cambiario no fue sostenible.

En 2015, el cepo y la pérdida de reservas forzaron una corrección.

En 2017, el financiamiento externo permitió estirar la inconsistencia… hasta que el mercado cerró la ventanilla.

Hoy el esquema es otro, pero el síntoma es el mismo.

Un dólar que corre por detrás de la inflación genera una sensación de estabilidad que, en realidad, es transitoria. Sirve para anclar expectativas en el corto plazo, bajar la nominalidad y ordenar parcialmente los precios. Pero tiene un costo: encarece la economía en dólares, erosiona la competitividad y desalienta la acumulación genuina de reservas.

El problema no es el atraso en sí. El problema es su dinámica.

Porque mientras el tipo de cambio se atrasa, la economía no corrige sus rigideces estructurales. El gasto se reacomoda, pero los precios relativos quedan distorsionados. Los salarios en dólares suben, pero sin respaldo de productividad. Y el sector externo empieza a mostrar señales de fatiga.

No es inmediato. Nunca lo es.

Primero aparece la incomodidad: exportadores que liquidan menos, importaciones que presionan, servicios que se encarecen en términos internacionales. Después viene la tensión: reservas que no crecen, brechas que se recalientan, expectativas que se desalinean.

Y finalmente, la decisión.

La historia argentina no deja mucho margen para la sorpresa. Cuando el tipo de cambio real cae por debajo de ciertos niveles, el sistema entra en zona de fragilidad. No define el momento exacto, pero sí el desenlace probable.

La pregunta no es si el dólar está atrasado. La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse.

Porque si la inflación no baja lo suficientemente rápido, el tipo de cambio va a tener que hacer el trabajo. Y si lo hace, no será de manera quirúrgica.

Mientras tanto, el mercado observa. Sabe que este equilibrio no es permanente. Sabe que ya vio esta película.

Y también sabe cómo termina.

*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil

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