El liderazgo suele analizarse desde modelos teóricos, casos de estudio y recetas que prometen resultados. Sin embargo, en los últimos años distintos analistas también pusieron el foco en ejemplos que se despliegan fuera de los manuales consagrados sobre el tema, tal el caso de Carlos Bianchi y el Muñeco Gallardo en el fútbol, o el de los líderes de la "generación dorada" en básquet, con Ginobili y compañía a la cabeza.
Ahora, más recientemente, la mirada se posó en Lionel Scaloni con su trabajo al frente de la Selección Argentina. La forma en que condujo a un grupo atravesado por presión, expectativas y egos permitió observar, en tiempo real, un estilo de liderazgo sin grandilocuencias, con bajo perfil y con las personas en el centro.
Scaloni llegó a la Selección sin pergaminos ruidosos. No era una figura consagrada ni un nombre obvio. Sin embargo, construyó uno de los ciclos más exitosos del fútbol argentino, con dos Copas América, una Finalísima y el Mundial de Qatar 2022. No lo hizo imponiendo autoridad desde el miedo, sino desde la coherencia, la escucha y una idea clara de equipo.
En el mundo de las startups, donde todo se mueve rápido, con información incompleta y contexto incierto, esa forma de liderar no es un lujo: es una necesidad.
En Facturante tomamos decisiones todos los días apoyándonos en la información que resulta verdaderamente relevante. Sabemos que, en muchos casos, contar con ese 20% de datos que explica el 80% del problema o de la solución es suficiente para avanzar. Esperar certezas absolutas suele convertirse en una forma elegante de no decidir nunca. Por eso creamos un protocolo interno para frenar la parálisis por análisis. Tiene humor, una mascota un poco absurda y una regla clara: decidir, aprender y corregir vale más que enamorarse de la perfección teórica.
No es solo una intuición emprendedora. Según McKinsey, las organizaciones que toman decisiones de manera ágil, aun en contextos de información incompleta, tienen hasta un 60% más de probabilidades de superar a sus competidores. La velocidad, cuando está sostenida por valores claros, también es una forma de liderazgo.
Scaloni hizo algo parecido después del golpe con Arabia Saudita. No entró en pánico, no buscó culpables, no sobreactuó liderazgo. Ajustó, confió y siguió. Esa templanza es liderazgo en estado puro.
Con el tiempo entendí que liderar no es tener todas las respuestas, sino animarse a hacer mejores preguntas. Qué estamos asumiendo. Qué información falta. Qué pasa si elegimos el camino más simple. En una cancha o en una sala de reuniones, la lógica es la misma.
Mi forma de liderar también nació de una promesa personal. A los 29 años, en un trabajo en relación de dependencia, pedí salir antes para llevar a mi bebé al médico. Tenía bronquitis asmática. La respuesta fue: "No podés irte, tenemos que terminar esto". Ese día decidí que, si alguna vez tenía mi empresa, nadie iba a tener que elegir entre su familia y su trabajo.
Ese episodio marcó mi manera de construir equipos.
Liderar, para mí, es entender que las personas no dejan su vida en la puerta de la oficina. Scaloni lo entendió desde el primer día: manejó egos, escuchó silencios y construyó confianza incluso en un vestuario lleno de estrellas. No es un detalle menor. Según el último State of the Global Workplace de Gallup, apenas el 21% de los empleados en el mundo se siente realmente comprometido con su trabajo, y la variable que más incide en ese compromiso es la confianza en el liderazgo directo. Sin confianza, no hay equipo que funcione, ni en una cancha ni en una empresa.
Además, como para cerrar este círculo de dolor, según un informe de CB Insights el 23% de las startups fracasan, precisamente, por no contar con el equipo adecuado. No es falta de ideas: es falta de liderazgo. Un estudio de Harvard Business School, basado en una encuesta a 470 CEOs de startups, mostró, por su parte, que aquellas nuevas empresas que profesionalizan tempranamente sus políticas de recursos humanos y equilibran reclutamiento entre habilidades técnicas y actitud cultural lograron un crecimiento significativamente mayor en la valuación de su capital semilla, un indicador clave de éxito en etapas iniciales. Esto no ocurre sin un liderazgo claro que entienda qué contratar, cuándo y por qué.
Scaloni armó un equipo donde cada jugador sabía qué se esperaba de él. No todos eran estrellas, pero todos entendían el sistema. En las startups pasa lo mismo: no alcanza con talento individual si no hay roles claros, valores compartidos y una cultura que se viva en lo cotidiano.
Desde Mar del Plata —lejos de los grandes centros de decisión, como también lo estuvo Scaloni durante buena parte de su carrera— construimos Facturante de manera bootstrap, rompiendo moldes y apostando a la coherencia. Tal vez el interior enseña eso: a hacer más con menos, a confiar en el equipo y a no marearse con el ruido.
También hay algo de mi recorrido personal en esta mirada. Emprender siendo mujer, en tecnología y desde el interior, suma capas de complejidad que no siempre se ven, pero que influyen en cómo se construyen los equipos y se ejerce el liderazgo. La empatía, la escucha y la humanidad no son debilidades: son ventajas competitivas. Hoy, más que nunca, los equipos no siguen cargos, siguen personas.
Scaloni nunca gritó más fuerte que el grupo. Nunca se puso por encima del proyecto. Construyó algo que lo trasciende. Ese, para mí, es el mejor indicador de liderazgo.
Liderar no es brillar solo. Es lograr que otros brillen juntos. En una cancha, en una startup o en cualquier organización, la lógica no cambia.
*Por Lorena Comino, CEO y cofundadora de Facturante