Puntos importantes
Argentina tiene una particular habilidad para discutir durante años cuál es la medicina correcta y, cuando finalmente decide aplicarla, equivocarse con la dosis o con el momento.
Cuando Mauricio Macri asumió la Presidencia en diciembre de 2015 encontró una economía plagada de desequilibrios: déficit fiscal elevado, inflación, cepo cambiario, atraso tarifario, reservas deterioradas, precios relativos completamente distorsionados y un Banco Central que necesitaba recuperar credibilidad.
Pero también recibió algo que hoy parece lejano: capital político, expectativas favorables y la posibilidad de recuperar rápidamente el acceso al financiamiento internacional.Una vez solucionado el conflicto con los holdouts, Argentina volvió a los mercados internacionales.
Ese financiamiento podía utilizarse como puente para ejecutar una transformación relativamente rápida del Estado y absorber parte del costo inicial de las reformas.
Macri eligió otro camino. Eligió el gradualismo. La idea parecía razonable: corregir los desequilibrios lentamente para evitar que el costo social de las reformas pusiera en riesgo la gobernabilidad.
Pero el gradualismo tenía una condición indispensable para funcionar. Alguien tenía que financiarlo. Mientras el mundo estuviera dispuesto a prestarle dólares a la Argentina, el Gobierno podía convivir con un déficit fiscal que disminuía lentamente y comprar tiempo para realizar las reformas.
El problema fue que el tiempo comprado con deuda tenía fecha de vencimiento. Cuando las condiciones financieras internacionales cambiaron y el flujo de capitales hacia Argentina comenzó a desaparecer en 2018, quedó expuesta la vulnerabilidad del programa. El gradualismo se había quedado sin financiamiento.
Y entonces llegó, de manera desordenada, buena parte del ajuste que se había intentado evitar al comienzo. Ocho años después apareció Javier Milei.Y encontró otra Argentina. Inflación superior al 200% anual, reservas netas negativas, cepo cambiario, pobreza elevada, salarios profundamente deteriorados y prácticamente ningún acceso al mercado voluntario de deuda.
Además recibió una sociedad que ya venía acumulando años de pérdida de poder adquisitivo y estancamiento. Frente a esa situación Milei tomó exactamente el camino contrario al de Macri.
Shock. Una corrección fiscal extraordinariamente rápida, fuerte reducción del gasto real, modificación de precios relativos y una política monetaria y cambiaria destinada a quebrar la dinámica inflacionaria.
El resultado fiscal cambió radicalmente y la inflación cayó de manera muy significativa.Eso existe y negarlo no aporta demasiado a ninguna discusión seria.Pero nuevamente aparece la pregunta que Argentina parece evitar cada vez que inicia un programa económico: ¿la velocidad elegida era la adecuada para las condiciones iniciales?
Y acá aparece la paradoja. Quizás en 2015 Argentina tenía mejores condiciones para realizar un shock que las que tuvo en 2023.Y quizás en 2023 necesitaba equilibrio fiscal y estabilización con la misma urgencia que planteó Milei, pero con una secuencia diferente y mayor gradualidad en determinados componentes del ajuste. No estoy planteando volver al déficit fiscal.
Argentina no puede regresar al mecanismo de gastar sistemáticamente más de lo que recauda y financiar la diferencia mediante emisión monetaria o endeudamiento permanente.Eso ya sabemos cómo termina.La discusión es otra.
No es ajuste sí o ajuste no. Es cómo se ajusta, dónde se ajusta y a qué velocidad se ajusta. Porque una economía no es solamente una planilla del Ministerio de Economía. Si dejo de realizar determinadas obras, hoy gasto menos.
Si reduzco el mantenimiento de infraestructura, hoy gasto menos.Si comprimo determinadas partidas, hoy gasto menos.El resultado fiscal mejora inmediatamente.Pero algunos de esos gastos no desaparecen.
Simplemente se trasladan hacia adelante. Una ruta que no se mantiene hoy probablemente costará mucho más reconstruirla mañana. La infraestructura que no se realiza no aparece como deuda en las estadísticas públicas, pero puede convertirse en menor productividad futura.
Y una economía que necesita crecer durante muchos años no puede sostenerse únicamente reduciendo gastos. En algún momento necesita que aparezca la otra mitad de la ecuación:inversión, productividad, crédito, empleo y crecimiento.
Ahí aparece además otro problema que merece atención. El dólar.Desde la fuerte devaluación inicial de diciembre de 2023, los precios internos crecieron durante largos períodos considerablemente más que el tipo de cambio.Argentina volvió a encarecerse en dólares. El dólar funciona, directa o indirectamente, como una de las anclas del proceso de desinflación.
Mientras el tipo de cambio avance menos que los precios internos, ayuda a disciplinar precios transables y abarata relativamente las importaciones. Pero nuevamente estamos comprando algo a cambio de otra cosa.
La pregunta es cuánto tiempo puede continuar apreciándose una economía si su productividad no aumenta al mismo ritmo.
Porque un país puede ser caro en dólares y extraordinariamente competitivo. Suiza lo demuestra.Noruega también. Pero son economías caras porque detrás existen enormes niveles de productividad, infraestructura, capital y tecnología.
Por eso la pregunta relevante para Argentina no es solamente cuánto vale el dólar. Es otra:¿Argentina se volvió mucho más productiva o simplemente se volvió mucho más cara en dólares?
Y esa pregunta conecta las experiencias de Macri y Milei mucho más de lo que parece. Macri apostó a que el financiamiento externo le compraría el tiempo necesario para corregir gradualmente los desequilibrios. Cuando ese financiamiento desapareció, el programa entró en crisis.
Milei apostó a una corrección muchísimo más rápida y a que la economía real podría absorber el costo mientras la estabilización avanzaba.Son estrategias completamente diferentes.Pero ambas dependen de una variable que los gobiernos argentinos suelen subestimar:el tiempo.
Un programa económico puede tener un diagnóstico correcto y aun así fracasar si la secuencia de las medidas es incorrecta.Puede tener objetivos correctos y equivocarse en la velocidad. Incluso puede conseguir resultados extraordinarios durante los primeros años y descubrir después que algunos de esos resultados dependían de condiciones que no podían mantenerse indefinidamente.
Por eso el verdadero examen del programa económico actual probablemente no sea 2024, 2025 ni siquiera 2026.Será lo que venga después.Cuando ya no alcance con reducir gasto.Cuando la inflación tenga que mantenerse baja sin depender permanentemente del tipo de cambio como ancla.
Cuando haya que recuperar inversión e infraestructura.Cuando el sector privado tenga que generar empleo genuino en escala.Cuando Argentina necesite acumular reservas y simultáneamente mantener competitividad.
Y cuando el equilibrio fiscal tenga que convivir no solamente con el ajuste, sino también con el crecimiento.Ahí sabremos si estamos frente a un verdadero cambio de régimen económico o simplemente frente a otra estabilización argentina que funcionó mientras determinadas condiciones pudieron mantenerse.
Macri eligió gradualismo cuando probablemente disponía de capital político y financiero para avanzar más rápido.Milei eligió shock cuando recibió una economía y una sociedad mucho más deterioradas. Tal vez uno necesitaba más shock. Tal vez el otro necesitaba algo más de gradualismo. No para evitar las reformas. Para hacerlas sostenibles.
Porque después de décadas de crisis, Argentina debería haber aprendido algo elemental: en economía no alcanza con elegir la medicina correcta. También hay que acertar la dosis, el momento y la velocidad con la que se administra.
*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil