La tablita 2.0: La peligrosa apuesta de aguantar hasta que lleguen los dólares

Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil, analiza por qué es imprescindible el arribo de dólares para el desarrollo de la economía local
Economía Digital
02.09.2026 • 15:00hs • Economía Digital

Puntos importantes

El experimento económico argentino actual compara el ancla cambiaria con la "tablita" de Martínez de Hoz.

Si bien hay similitudes en atraso cambiario y "bicicleta financiera", hoy hay equilibrio fiscal y Vaca Muerta.

La pregunta clave es si los dólares de Vaca Muerta y minería llegarán antes de que la economía real ceda.

Argentina ya hizo este experimento. No exactamente de la misma manera, no bajo las mismas condiciones y, afortunadamente, tampoco con los mismos desequilibrios fiscales. Pero lo hizo.

A fines de los años 70, José Alfredo Martínez de Hoz decidió que una de las herramientas para derrotar la inflación sería utilizar el tipo de cambio como ancla. Nació la famosa "tablita cambiaria".

El Gobierno anunciaba de antemano cuánto iba a subir el dólar. La teoría era sencilla: si todos conocían la evolución futura del tipo de cambio, las expectativas inflacionarias terminarían acomodándose.

El problema fue que ocurrió exactamente lo contrario. Los precios continuaron aumentando más rápido que el dólar. Y cuando eso sucede durante suficiente tiempo aparece algo que los argentinos conocemos perfectamente: atraso cambiario.

Argentina comenzó a encarecerse en dólares. Importar se volvió cada vez más atractivo. Viajar al exterior parecía barato. Los productos argentinos comenzaron a perder competitividad. Mientras tanto, las altas tasas de interés generaron otro fenómeno que también conocemos demasiado bien: La bicicleta financiera.

Entraban dólares, se cambiaban por pesos, se colocaban a tasas extraordinarias y luego se recompraban dólares. Durante un tiempo parecía maravilloso. Era la Argentina de la "plata dulce". Hasta que dejó de serlo.

Casi cincuenta años después...cambian los nombres. Cambian los instrumentos. Cambian las circunstancias. Pero algunos mecanismos económicos empiezan a resultar inquietantemente familiares. Hoy no tenemos una tablita cambiaria. Tenemos bandas. Pero nuevamente el tipo de cambio cumple un papel central dentro del programa de estabilización.

Nuevamente tenemos una Argentina que se encarece en dólares; tasas utilizadas para restringir pesos y contener presiones cambiarias; aparece el carry trade; importar comienza a resultar atractivo frente a producir determinados bienes localmente; y observamos una economía donde el sector financiero puede mostrar números extraordinarios mientras buena parte de la economía real cuenta otra historia.

La inflación baja. Perfecto. Pero los salarios no necesariamente recuperan poder adquisitivo al mismo ritmo. Las paritarias intentan alinearse con una inflación futura mientras las familias pagan precios construidos con inflación pasada. El crédito que inicialmente parecía barato terminó transformándose en una mochila para millones de personas cuando las tasas cambiaron.

La mora crece. El consumo siente el impacto. Las empresas que dependen del mercado interno empiezan a mirar sus balances con preocupación. Y entonces aparece nuevamente aquella vieja pregunta argentina: ¿Estamos estabilizando la economía o simplemente estamos comprando tiempo?

Sin embargo, esta vez hay una diferencia enorme. Sería intelectualmente deshonesto afirmar que estamos exactamente frente al programa de Martínez de Hoz. No lo estamos. Hay diferencias fundamentales. La primera es fiscal.

Este Gobierno consiguió algo que Martínez de Hoz nunca consiguió: equilibrar las cuentas públicas.

Eso cambia muchísimo. Pero existe una segunda diferencia todavía más importante. Argentina hoy está sentada sobre una montaña de dólares potenciales que en 1980 no existía: Vaca Muerta.

Petróleo. Gas. GNL. Litio. Cobre. Oro. Uranio. Y, por supuesto, uno de los complejos agroexportadores más importantes del mundo.

A eso hay que agregarle el RIGI y ahora el Súper RIGI. El Gobierno está ofreciendo condiciones extraordinariamente favorables para que grandes capitales inviertan en Argentina.

El Súper RIGI profundiza incluso esos incentivos: menor impuesto a las Ganancias, amortizaciones aceleradas, eliminación de derechos de exportación y beneficios para importar bienes necesarios para poner en marcha los proyectos. La apuesta es gigantesca. Y probablemente sea ésta: aguantar.

Aguantar hasta que entren los dólares. Aguantar hasta que Vaca Muerta exporte mucho más. Aguantar hasta que aparezca el cobre. Aguantar hasta que maduren las inversiones mineras. Aguantar hasta que los proyectos del RIGI comiencen a generar exportaciones. Aguantar hasta que Argentina consiga estructuralmente los dólares que durante décadas nunca consiguió generar. Y quizás funcione. Sería absurdo negarlo.

El problema es qué pasa en el mientras tanto. Porque las economías no viven de dólares que llegarán dentro de cinco años. Las familias viven hoy. Las pymes pagan salarios hoy. Los comercios pagan alquileres hoy. Los jubilados comen hoy. Las empresas necesitan crédito hoy.

Y ahí aparece la parte más peligrosa del experimento. ¿Cuánto puede aguantar la economía real esperando los dólares del futuro? Porque mantener un dólar relativamente barato tiene consecuencias. Mantener tasas suficientemente atractivas también.

Abrir importaciones tiene consecuencias. Comprimir salarios públicos y jubilaciones tiene consecuencias. Frenar obra pública tiene consecuencias. Y pretender que los salarios converjan rápidamente hacia una inflación futura mientras el costo de vida todavía acumula aumentos tiene consecuencias.

Todo puede ser justificable dentro de una hoja de Excel. Pero las economías no están habitadas por celdas de Excel. Están habitadas por personas.

Martínez de Hoz también creía que el tiempo jugaba a su favor. Durante un período pareció tener razón. Entraban capitales. El dólar parecía controlado. Importar era barato. Viajar era barato. Los rendimientos financieros eran extraordinarios.

Hasta que el mercado empezó a preguntarse cuánto tiempo podía durar. Y entonces ocurrió algo que sucede una y otra vez en economía: cuando demasiada gente empieza simultáneamente a preguntarse dónde está la puerta de salida, la puerta se vuelve demasiado chica.

Los capitales cambiaron de dirección. Las reservas comenzaron a caer. La tablita terminó. Y llegó la corrección cambiaria. Después vino la recesión. Y aquella sensación de prosperidad terminó convertida en una de las crisis económicas más recordadas de nuestra historia.

No estoy diciendo que esto termine igual. Porque sería demasiado fácil —y demasiado irresponsable— afirmarlo. Argentina 2026 no es Argentina 1980. Tenemos equilibrio fiscal. Tenemos un sistema financiero diferente. Tenemos otro régimen cambiario. Tenemos Vaca Muerta. Tenemos minería. Tenemos un potencial exportador muchísimo mayor. Y tenemos una oportunidad histórica de transformar definitivamente nuestra capacidad de generar dólares.

Pero las leyes económicas siguen funcionando. Si los precios internos aumentan sistemáticamente más rápido que el dólar, el tipo de cambio real se aprecia. Si las tasas necesarias para sostener el equilibrio financiero terminan asfixiando crédito, consumo y producción, aparece un costo. Si importar se vuelve progresivamente más conveniente que producir, aparece otro. Y si la economía financiera prospera mientras la economía real se deteriora, tarde o temprano aparece una tensión política y social.

Por eso la pregunta no es si van a llegar los dólares. Probablemente lleguen. Vaca Muerta ya es una realidad. La minería tiene un potencial extraordinario. El agro seguirá generando divisas. Y las inversiones que hoy se anuncian pueden modificar estructuralmente la balanza externa argentina. La verdadera pregunta es otra:

¿Llegarán los dólares antes de que la economía real deje de aguantar?

Ese es el partido que está jugando el Gobierno. No es Martínez de Hoz. No es la Convertibilidad. No es 2001. Es un experimento nuevo que contiene elementos conocidos de nuestra historia económica. Y justamente por haberlos conocido deberíamos prestarles atención.

Porque Argentina ya aprendió una lección demasiadas veces: un dólar barato puede ser extraordinariamente popular. Hasta el día en que deja de ser barato. Y cuando una economía necesita tasas cada vez más altas, intervención cada vez mayor y sacrificios cada vez más grandes para sostener una determinada relación cambiaria, la pregunta deja de ser cuánto vale hoy el dólar.

La pregunta pasa a ser: ¿cuánto debería valer si mañana el Gobierno dejara de sostenerlo?

Martínez de Hoz creyó que la inflación terminaría convergiendo hacia el dólar. No ocurrió. Hoy volvemos a apostar a la convergencia. Esta vez tenemos una enorme ventaja: los dólares de Vaca Muerta, el agro y la minería están en el horizonte. Esperemos que lleguen antes que la realidad.

*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil

Te puede interesar