La historia política argentina suele convertir a determinadas figuras en protagonistas de una época. Algunas dejan instituciones más fuertes. Otras dejan reformas duraderas. Y otras terminan siendo apenas una anécdota.
Tengo la sensación de que Javier Milei corre el riesgo de pertenecer a esta última categoría.
Llegó a la Presidencia como un fenómeno político inédito, canalizando el cansancio de millones de argentinos con una dirigencia que había perdido credibilidad. Supo interpretar el hartazgo y construir un liderazgo disruptivo. Eso nadie puede negarlo.
Pero gobernar exige algo más que romper con lo anterior.
Exige construir consensos, respetar la investidura presidencial y comprender que el adversario político no es un enemigo al que haya que humillar todos los días.
La confrontación permanente puede ser una estrategia electoral. Difícilmente sea una estrategia de gobierno.
Cuando el Presidente dedica buena parte de su tiempo a descalificar periodistas, economistas, opositores e incluso a dirigentes que alguna vez fueron aliados, el debate público se empobrece y la Argentina sigue atrapada en una lógica de enfrentamiento permanente.
Mientras tanto, la economía real continúa mostrando desafíos evidentes. La estabilidad financiera, por sí sola, no alcanza para que una sociedad sienta que progresa. La construcción, el comercio, el consumo y buena parte de la industria todavía esperan una recuperación más sólida.
Los gobiernos no son juzgados únicamente por la inflación o el riesgo país. También son recordados por el clima social que dejan, por la calidad de sus instituciones y por la capacidad de unir a una sociedad profundamente dividida.
Todavía queda tiempo para corregir el rumbo.
Pero si el legado termina siendo más confrontación que transformación, más agravios que acuerdos y más relatos que instituciones, la historia probablemente recuerde a Javier Milei como un fenómeno político extraordinario... pero apenas como una anécdota en la larga historia argentina.
*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil