En 2010 minaba bloques de Bitcoin en la computadora de un laboratorio universitario, cuando buena parte de la primera comunidad cripto ni siquiera pensaba que la tecnología estaba destinada a resolver un problema real del mundo.
Quince años después, en la industria nos hacemos una pregunta simple: ¿qué pasaría si cualquier comercio pudiera cobrar en cripto con la misma naturalidad con la que hoy cobra con tarjeta? Hubo avances enormes, pero todavía falta.
Sin embargo, hay algo de esa tecnología que no cambió un ápice desde 2010, y es justamente lo que menos se entiende: blockchain es una de las herramientas de rastreo financiero más precisas que existen. Aunque, aún así, la idea de que puede servir para esconder activos sigue instalada.
Vale la pena explicar por qué esa idea es técnicamente equivocada.
Una blockchain es un sistema que registra todos los movimientos de criptomonedas que se hacen en ella, algo así como una planilla de cálculo gigante.
Esa planilla es de acceso abierto por cualquier persona que tenga el link (algo que no es solo para eruditos, sino para cualquiera), por tanto se pueden leer los códigos de las cuentas que transfirieron y cuáles recibieron.
Cada movimiento de activos queda anotado ahí para siempre: qué cuenta (en el mundo cripto le llaman "address") le transfirió a cuál otra, cuánto y cuándo. No hay forma de borrar una fila ni de editarla en secreto.
Comparemos eso con el efectivo. Si alguien pregunta de dónde salió un fajo de dólares, es imposible determinar su recorrido previo porque el billete no tiene memoria ni está inserto en un sistema que lo exija como condición.
Una dirección de blockchain, en cambio, sí la tiene. Todo lo que recibió, en algún momento, vino de otra dirección, y esa dirección de otra más atrás. Alcanza con seguir ese hilo hacia atrás (en la enorme mayoría de los casos, apenas dos o tres pasos) para llegar a un exchange, un punto donde, por regulación, mayormente hay que identificarse.
Esto también marca una ventaja frente al sistema bancario, donde las transacciones no están visibles de forma pública y cada banco solo tiene registradas las que ocurren en él.
Conviene además no confundir dos problemas distintos. Que existan estafas con cripto mediante plataformas inexistentes, no tiene nada que ver con la trazabilidad de la tecnología: son cosas que pasan con cualquier medio de pago, desde una transferencia bancaria hasta un cheque.
Lo específico de blockchain es lo contrario a la opacidad: cada movimiento queda escrito en un registro público que cualquiera puede auditar.
Una idea, no solo una tecnología
Detrás de esto hay una filosofía más de fondo: el propósito original de una criptomoneda es que el dinero vaya de una parte a otra sin un intermediario. No es un detalle técnico menor. Si una plataforma sostiene el dinero del usuario aunque sea por un instante, ese dinero deja de ser realmente suyo: se convierte en una suerte de promesa de pago a un tercero.
La autocustodia de activos conecta directamente con el título de este texto: un poder que conlleva una gran responsabilidad, una frase que la cultura popular masificó y que la industria cripto abrazó desde el inicio.
Se trata de un sistema que prescinde de empresas que retengan los activos y las claves de acceso —llamadas "llaves privadas"— pues no hay organizaciones que tienen acceso a la información. Es decir que si olvidaste la clave de acceso no podés preguntarle a una compañía que te ayude a hacer una nueva. Directamente se pierde.
Las cripto y la blockchain son un upgrade en el manejo de las finanzas personales.
Esa idea tiene un valor concreto más allá de lo conceptual: menos fricción, más transparencia y privacidad. Hoy, para que un comercio chico empiece a cobrar con tarjeta, suele necesitar días de trámites y, en muchos casos, asesoramiento legal. Con un esquema descentralizado, el comprador y vendedor intercambian valor directamente, sin que un tercero autorice cada paso. Y, aun así, no los exime de presentar la documentación exigida en cada país.
Pensemos en alguien que fabrica algo artesanal y quiere vender directo a un cliente en otro país: si ese cliente paga en una stablecoin, el productor recibe el pago en su propia billetera, en el momento, sin pedir autorización ni resignar un porcentaje por intermediación. Ahí no hay competencia con el sistema tradicional: hay una opción más para quien hoy no tiene ninguna.
Hay también un argumento de resiliencia. Cuando un sistema centralizado cae, ya sea por un ataque o por una falla técnica, el impacto se siente a gran escala: todo un servicio, todos sus usuarios, al mismo tiempo. Cuando el vínculo es directo entre dos partes, una falla afecta a esa operación puntual y no arrastra al resto del sistema.
Hacia dónde va esto
Argentina ya dio un paso importante en 2024, al incorporar a los proveedores de servicios de activos virtuales dentro del marco de prevención de lavado de dinero, alineándose con los estándares internacionales del GAFI.
Es una señal clara: el mundo cripto no va hacia menos transparencia, va hacia más. Y la tecnología, lejos de ser un obstáculo, es la que mejor puede sostenerlo, precisamente porque cada movimiento queda escrito en un registro que nadie puede alterar.
Ninguna tecnología reemplaza la obligación de obrar correctamente. La idea de que las criptomonedas sirven para esconder activos va en contra de su propia naturaleza trazable. Quizás el error está en la persona y no en la tecnología.
*Por Kirill Pimenov, CEO y fundador de Kalatori.