Europa quiere reducir su dependencia de Visa y Mastercard. El debate ganó fuerza en los últimos años a medida que Estados Unidos utiliza cada vez más su influencia sobre la infraestructura financiera global como herramienta de presión geopolítica.

Hoy, la mayor parte de los pagos con tarjetas en Europa pasa por las redes de las dos compañías estadounidenses, que concentran una posición dominante en el mercado. Para gobiernos, bancos y reguladores europeos, esa dependencia representa una vulnerabilidad estratégica.

La preocupación no es nueva. Las sanciones impuestas por Washington a distintos países y actores internacionales, así como la exclusión de Rusia de varias infraestructuras financieras tras la invasión de Ucrania, reforzaron la idea de que Europa necesita contar con herramientas propias para procesar pagos y administrar información financiera sensible.

En ese contexto, el Banco Central Europeo impulsa el desarrollo de un euro digital, aunque el proyecto avanza lentamente y no tendría una implementación masiva antes de 2029.

Mientras tanto, el sector privado intenta ocupar ese espacio. La Iniciativa Europea de Pagos (EPI), respaldada por 16 bancos y entidades financieras, lanzó en 2024 la billetera digital Wero.

El servicio ya supera los 53 millones de usuarios en Alemania, Francia y Bélgica, y permite transferencias instantáneas entre cuentas mediante número de teléfono o códigos QR, sin necesidad de utilizar las redes tradicionales de tarjetas.

Wero busca reemplazar a las tarjetas tradicionales en Europa

Además, Wero desembarcará en nuevos mercados europeos y prevé incorporar pagos en comercios físicos hacia fines de 2026. El objetivo es convertirse en una alternativa regional para operaciones cotidianas y comercio transfronterizo.

Pese a los intentos por ganar autonomía, Visa y Mastercard mantienen una posición dominante: en 2025 concentraron la mayor parte del 77% de los pagos digitales realizados con tarjetas en Europa.

Otras regiones también avanzan con el desarrollo de sistemas propios:

Además, crecen las iniciativas para conectar sistemas de pago entre distintos países, para facilitar operaciones internacionales sin depender de infraestructura financiera controlada por Estados Unidos.

Por otra parte, el avance de las stablecoins vinculadas al dólar suma una nueva preocupación para los reguladores europeos. Bruselas teme que estas herramientas amplíen la influencia estadounidense sobre los pagos digitales del futuro.

Por eso, la Unión Europea impulsa regulaciones específicas y analiza alternativas denominadas en euros para competir en ese segmento.

Detrás de todas estas iniciativas hay un objetivo común: recuperar control sobre una infraestructura considerada clave para la soberanía económica y reducir la dependencia de actores externos en uno de los sectores más sensibles de la economía digital.

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