La crisis financiera global de 2008 dejó una enseñanza que el mercado suele olvidar rápido: los desequilibrios no desaparecen, se trasladan en el tiempo. Dieciséis años después, el sistema vuelve a mostrar grietas profundas, aunque esta vez el epicentro no es un banco de inversión puntual, sino el corazón mismo del orden monetario internacional.
El movimiento de los metales preciosos no es casual ni especulativo. El oro acercándose a la zona de u$s4.700 y una plata que comienza a acelerar en lo que técnicamente puede leerse como una fase 3 de mercado alcista, no reflejan euforia, sino desconfianza. Desconfianza en las monedas, en la deuda soberana y en la capacidad de los Estados para honrar compromisos sin licuar valor.
El dólar, todavía dominante por inercia, empieza a mostrar signos de fatiga estructural. No colapsa, pero pierde centralidad.
Los términos de intercambio globales comienzan a correrse hacia esquemas que evitan al billete estadounidense, mientras las principales potencias ajustan silenciosamente sus carteras.
Japón y China —los dos mayores tenedores de bonos del Tesoro norteamericano— están reduciendo exposición. Japón, además, subió la tasa de su bono a 40 años a niveles no vistos desde 2007, una señal inequívoca: el dinero barato de décadas llegó a su límite.
Cuando los grandes acreedores dejan de financiar cómodamente al deudor principal del sistema, el riesgo no es solo financiero: es sistémico.
Las bolsas globales, que todavía operan con múltiplos exigentes y optimismo selectivo, parecen ignorar un escenario que recuerda peligrosamente a los meses previos a la crisis subprime:
- Liquidez más cara
- crecimiento más débil
- activos financieros inflados suelen ser una combinación explosiva
En ese contexto, los metales no suben: se refugian. Y cuando el refugio se vuelve masivo, el mensaje es claro.
Ahora bien, ¿qué implica todo esto para Argentina?
En un mundo que empieza a castigar el riesgo y a premiar la solidez, Argentina llega en la peor de las posiciones posibles.
Con un riesgo país rondando los 500 puntos, sin acceso al mercado voluntario de crédito y con reservas que no logran consolidarse, el país queda expuesto a cualquier shock externo.
No hay margen para errores ni para depender de un viento de cola que ya no existe.
Mientras el capital global se vuelve selectivo y huye de la deuda débil, Argentina sigue siendo percibida como un emisor sin ancla creíble de largo plazo.
En un escenario de estrés financiero internacional, los países sin financiamiento externo no solo quedan afuera: quedan vulnerables.
Cada ajuste global endurece las condiciones internas, presiona el tipo de cambio, encarece el crédito y reduce aún más el margen de maniobra.
La paradoja es brutal: mientras el mundo discute cómo proteger valor ante el deterioro de las monedas fiat, Argentina todavía discute cómo sobrevivir sin mercado de capitales. Y cuando el ciclo global se da vuelta, no hay narrativa que reemplace a la solvencia.
La historia muestra que las crisis globales no golpean a todos por igual. Golpean más fuerte a quienes llegan endeudados, sin reservas y sin credibilidad. Y esta vez, el temblor no parece menor.
El mercado ya empezó a moverse. La pregunta no es si habrá corrección, sino quiénes estarán parados cuando llegue.
*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil