En las últimas semanas, los mercados financieros mostraron cierta estabilidad que el Gobierno intenta presentar como una señal de validación del rumbo económico.
Bonos firmes, dólar contenido y una inflación que desacelera conforman el relato oficial.
Sin embargo, el termómetro que mejor resume la confianza de largo plazo —el riesgo país— sigue clavado en niveles elevados, muy lejos de los estándares necesarios para hablar de normalización financiera.
La paradoja es evidente: si el programa económico fuera percibido como consistente y sostenible, el costo de financiamiento debería haber reaccionado con fuerza. Pero no lo hizo. Y no es casualidad.
Los inversores distinguen entre tranquilidad transitoria y solvencia estructural.
Parte de la calma actual responde a factores de corto plazo:
- restricciones cambiarias más efectivas
- incentivos puntuales para el ingreso de dólares
- refinanciaciones que evitan tensiones inmediatas y una política monetaria contractiva que enfría la demanda
Todo eso ayuda a ordenar la coyuntura, pero no despeja las dudas de fondo.
El mercado lo sabe y lo refleja en precios. El riesgo país no baja porque el programa depende de variables frágiles:
- un tipo de cambio real atrasado
- una demanda de pesos que no tiene raíces profundas
- un crecimiento económico que no logra despegar de manera genuina
Sin inversión sostenida, sin crédito y con una economía real que muestra señales de fatiga, la capacidad de repago futura sigue siendo una incógnita.
Además, el equilibrio fiscal que se exhibe en las cuentas nacionales tiene contrapartidas que el mercado no ignora.
Deudas con provincias, licuación del gasto previsional, deterioro de infraestructura y parálisis de obras públicas son ajustes que mejoran el resultado financiero hoy, pero que generan pasivos económicos y políticos hacia adelante.
El mercado descuenta esos costos. Los bonos reflejan este equilibrio inestable. Los precios actuales no anticipan un escenario de crisis inminente, pero tampoco convalidan una historia de éxito. Están en una zona intermedia: pagan tasas altas porque el riesgo sigue siendo alto.
No hay castigo extremo, pero tampoco premio. En este contexto, pensar en un regreso fluido al mercado voluntario de deuda resulta, como mínimo, prematuro. Con un riesgo país persistentemente elevado, cualquier colocación implicaría tasas difíciles de sostener en el tiempo.
El mercado no discute el esfuerzo fiscal, discute su sostenibilidad política, social y económica.
La experiencia argentina muestra que los programas que descansan exclusivamente en el ancla financiera suelen agotarse cuando cambian las condiciones externas o internas.
Por eso, mientras el crecimiento dependa más de la contención que de la expansión, y más de la ingeniería financiera que de la inversión productiva, la desconfianza persistirá.
Los mercados pueden acompañar un ordenamiento inicial. Pero el riesgo país solo baja cuando aparece una narrativa creíble de largo plazo: crecimiento, competitividad, reglas estables y capacidad de generar dólares sin atajos. Esa etapa todavía no llegó. Y los precios lo saben.
*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil y Director Comercial de Gorostiaga Bursatil AN