Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil, analiza los logros del Gobierno en términos financieros y las deudas pendientes a saldar cuánto antes
02.03.2026 • 14:00hs • Columna
Columna
Estabilidad nominal, fragilidad real
El Gobierno logró algo que parecía imposible hace apenas dos años: desacelerar la inflación, acumular reservas y comprimir el riesgo país. En términos financieros, la señal fue clara. En términos reales, la historia es más compleja.
A febrero de 2026, los datos de desempleo y el cierre sostenido de pequeñas y medianas empresas mostraron el otro lado del proceso.
La estabilidad nominal se consolidó, pero el tejido productivo acusa el impacto de una economía que todavía no encuentra volumen.
La contracción no es homogénea. Los sectores vinculados a servicios financieros y actividades exportadoras muestran resiliencia.
En cambio, la producción orientada al mercado interno —comercio, industria liviana, construcción privada— enfrenta caída de ventas, aumento de costos financieros y márgenes cada vez más estrechos. La consecuencia natural es ajuste de personal y cierre de unidades productivas que no logran sostenerse.
El programa económico privilegió el orden macro: equilibrio fiscal, disciplina monetaria y control de la nominalidad cambiaria.
Esa secuencia redujo la incertidumbre financiera, pero al mismo tiempo comprimió el crédito y encareció el capital de trabajo.
Cuando el costo del dinero supera la rentabilidad promedio de la economía real, la inversión se posterga y el empleo se resiente.El desempleo creciente no es un dato aislado: es la manifestación estadística de una transición incompleta. La desinflación avanzó, pero la reactivación no terminó de arrancar.
Y sin mercado interno dinámico, las reformas estructurales pierden tracción social. El desafío de esta etapa no es volver atrás, sino completar el proceso.
Acumular reservas es importante. Bajar el riesgo país también. Pero la estabilidad sostenible requiere que el crédito fluya, que las tasas reales converjan a niveles compatibles con el crecimiento potencial y que el tipo de cambio no dependa exclusivamente del arbitraje financiero de corto plazo.
La experiencia argentina muestra que cuando la economía real no acompaña, la política termina tensionándose. La legitimidad de cualquier programa económico se mide en empleo, producción y poder adquisitivo, no sólo en spreads y rendimientos.
El 2026 será un año bisagra. Si la remonetización se canaliza hacia expansión del crédito productivo y no hacia especulación de corto plazo, la recuperación puede consolidarse. Si la actividad sigue debilitándose, el costo social empezará a pesar más que los logros financieros.
La estabilización fue condición necesaria. La reactivación es condición indispensable.
El mercado puede tolerar números fríos. La sociedad, no.
*Por Marcelo Trovato, manager de Pronóstico Bursátil y Director Comercial de Gorostiaga Bursatil AN